jueves, 21 de marzo de 2013

El saludo.



     Caminando por la calle, sumergido en las más profundas y  también en las más superficiales divagaciones que a uno se le pueden ocurrir mientras realiza el ejercicio de desplazarse, me doy cuenta de que alguien frente a mí me observa atentamente. Tenía una mirada  amable y sus labios esbozaban una sonrisa sutil. La parada de buses estaba repleta de gente, como es usual los lunes a esa hora de la mañana, sin embargo, la figura de aquella joven resaltaba entre la multitud. Su delgada silueta era disimulada por un amplio vestido, su cabello oscuro brillaba iluminado por la luz del sol. Sostenía en sus brazos un par de libros y de su hombro colgaba un pequeño bolso marrón.

     Seguí caminando, ya sin poder volver a mis meditaciones matutinas. Un extraño magnetismo rodeaba a aquella joven del cual no quería escapar. Me sentía afortunado.

     Cuando llegué a su lado, ella, con una voz suave, tierna y segura levantó su mano derecha y dijo: -Hola, ¿cómo estás?-. Respondí el gesto casi por instinto, estrechamos nuestras manos y contesté: -Bien, ¿y tú?-. Sus manos eran suaves, sus dedos largos y delgados. Sus ojos estaban clavados en los míos y los míos en los suyos. Su mirada era cálida, su sonrisa, ahora evidente, iluminaba todo su rostro.
-Que bueno, espero que tengas un buen día- me dijo. Se acercó a mí, me rodeó con sus brazos, me apretó contra su cuerpo, besó mi mejilla y se marchó.

     Al día siguiente la volví a encontrar en el mismo lugar. Al verla, mi corazón comenzó a palpitar con fuerza y mis manos empezaron a sudar. Esta vez no hubo un estrechón de manos, sino que un saludo afectuoso y casi familiar. Sus brazos nuevamente me rodearon, sentí su cuerpo junto al mío y sus labios rosando mi mejilla. Preguntó cómo estaba, escuchó mi respuesta, me deseó un buen día y casi de inmediato se dirigió hacia el primer bus que se detuvo  frente a nosotros. Caminó unos pasos junto a un mar de gente que se apresuraban para alcanzar las transparentes puertas del vehículo, por las cuales se podía ver a los apretujados pasajeros que iban en su interior. Al poner un pie en la pisadera, la joven volteó su rostro hacia mí, sonrió nuevamente, se despidió con un gesto de su mano y desapareció entre los desesperados usuarios del transporte público que ya veían partir al bus.

     Así pasaron  los días. Todas las mañanas a la misma hora y en el mismo paradero, mi día comenzaba con  el saludo de aquella desconocida. Su saludo desinteresado y honesto  había convertido esos momentos en uno de los más agradables de cada día. A veces compartíamos las anécdotas que nos acontecían  durante el transcurso de nuestras vidas. Las había alegres, como la vez en que le comenté que habían aprobado un proyecto que estaba a mi cargo. Había otras que no lo eran tanto, como la vez que le conté que me había peleado con mi mejor amigo por una estupidez. Jamás pude contarle detalle alguno de mis vivencias, puesto que casi por arte de magia, el bus que ella solía tomar llegaba en cosa de minutos después de habernos encontrado y siempre se detenía a unos pasos de donde nos encontrábamos. No importaba cuanta gente hubiera en el paradero, ella, con su caminar ligero, encontraba los espacios necesarios para alcanzar las puertas del transporte, como si conociera misteriosos caminos que eran invisibles para el resto de las personas. Nunca perdió el bus... una verdadera lástima.

    Un día al llegar al paradero, no la encontré. Me pregunté que le podía haber pasado, ¿estará enferma?, ¿se habrá retrasado?. Esperé unos minutos más de lo habitual para ver si llegaba, pero ese día tenía agendada  una reunión a la cual no podía faltar. Resignado, tomé el siguiente bus pensando en que pudo haber sucedido.

     Al día siguiente tampoco apareció. Una sensación de tristeza inundó mi corazón. No conocía su nombre,  donde trabajaba o donde vivía. No sabía nada de su familia, ni que música le gustaba o si tenía una mascota. Nunca estuvimos juntos más allá del tiempo que  les toma a las personas preguntar por cómo se encuentra su interlocutor. Sin embargo, su ausencia provocó en mí un gran pesar.

     Nunca más la volví a ver. Su imagen es ahora sólo un recuerdo difuso, más nunca he olvidado cómo me sentía al estar junto a ella.