La razón está sobrevalorada.
Es considerada guía primordial sobre lo que juzgamos como bueno y malo. Enaltecida por filósofos y científicos como la única manera de llegar a La Verdad, pues ella es el fundamento de cualquier método y de cualquier actuar efectivo en el mundo. Madre de la cultura occidental, adorada desde los albores de nuestra civilización. Con su lógica es capaz de predecir eventos futuros, controlar eventos presentes y explicar eventos pasados. Le debemos a ella gran parte de lo que somos pues es constitutiva de nuestra identidad como raza humana.
Pero la razón es una gran farsa. Detrás del discurso que hace resplandecer su omnipotencia, solo está el fracaso de la pretensión que alguna vez tuvo el ser humano de ser igual a su máxima aspiración, ser Dios. Dios que ha sido creado a imagen y semejanza del deseo del infante humano que todo lo ve, todo lo controla, y todo lo puede. Deseo que fue frustrado desde el comienzo de los días pero que perdura como la mala hierba que crece en el campo.
La grandeza de la razón solo es equiparable a las dimensiones de su fracaso, a su intención de reinar y su triste realidad de mendiga. Mendiga de reconocimiento, mendiga de un hogar, mendiga de un reino, mendiga de un imperio, del imperio de la razón.
La razón que fantasea con que todo lo puede es impotente frente al afecto. Nada de los asuntos más importante en la vida se resuelve por vías de la razón sin la venia de este último. Y muchas veces los intereses del afecto han sido disfrazados como intereses de la razón.
El Eros y el Thánatos extienden sus influencias sobre nuestras vidas sin que siquiera lo sepamos, orientando nuestro actuar, modelando nuestro pensar.
Pero he ahí la dignidad de la maltrecha razón. La dignidad de un instrumento, la dignidad de un medio, más no de un fin. Dignidad que se basa en la posibilidad de dar cuenta del Eros y el Thánatos, de develar sus motivos para así encontrar una salida a sus exigencias. La razón es siempre intermediario, nunca juez.
Y ésta es la dignidad que le ha sido arrebatada a la razón, tal cual como al auto-proclamado héroe que profesaba cualidades sobresalientes y que en su actuar sucumbió bajo el peso de sus propias palabras.
Considerar a la razón como un medio da cuenta de su incalculable valor para la cultura y la humanidad, pero idealizarla como fin último, solo sirve para ahogarnos en un mundo de fantasías.
Hay verdad en la razón, pero también la hay en lo irracional, en el mundo de los afectos, en esa racionalidad otra. Empezar a atender a estos últimos nos dará una visión más completa de nuestro vivenciar, y nos hará conscientes de su inmenso valor e influencia dentro de nuestra vida. Quizás cuando aprendamos a escuchar a esa racionalidad otra, comencemos a tomar las decisiones correctas por los motivos correctos.