Nuestra sociedad: el egoísmo enraizado, los intereses particulares son más importantes que los de los demás, el triunfo del bienestar personal sobre el bien común, donde la razón no tiene mucho que decir, y la justicia es un triste ideal. Donde todos vemos y no queremos mirar, donde nos sentamos en nuestros hogares y aceptamos de mala gana lo que nos dicen sobre cómo vivir, donde no somos felices, todos lo sabemos, pero nos conformamos con vivir así, vivir para comprar, vivir para endeudarse, vivir sin vivir, intentando sobrevivir. Nuestras almas cansadas no quieren saber de lucha, pues no soportarían más tensión, más presión, más angustia. Preferimos vivir cabeza gacha, no reclamar, porque podríamos perder nuestro trabajo, nuestro precario trabajo. Vivir sin vivir, vivir sin sonreír, esperando que algo ocurra y cambie nuestra suerte, que alguna vez llegue hasta nuestro hogar el tan ansiado desarrollo, que solo disfrutan unos pocos, y por el que todos nos sacrificamos. Vivir sin vivir, vivir para competir, porque los recursos son escasos, porque el que no se esfuerza no llegará lejos, porque no nacimos todos iguales y porque algunos nos hacen creer que así debe ser. Vivir sin vivir, vivir para sobrevivir, es lo único que nos queda, porque mi grito no se escucha, porque quizás no me he esforzado lo suficiente, porque he elegido no cagarme a alguien para tener éxito, porque tengo esperanza de que alguien haga algo, porque ya no tengo fuerzas, porque tengo que vivir para sobrevivir.
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